valle del mantaro

Catarata escondida

A poco más de 3000 m.s.n.m. , la ciudad de Jauja se levanta en el Valle del Mantaro, ciudad del baile de la tunantada, los ‘chutos’ de la fiesta del 20 de enero y la laguna de Paca. Al caminar por esa ciudad que, según me dicen, es la primera capital del Perú, uno puede notar las calles angostas que dejó la colonia española.

A quince minutos en auto, hay un pueblo: Pacapaccha, que en los años noventa tuvo luz eléctrica y se inauguró la plaza, que antes era solamente una extensión de pasto, una pampa alrededor de la cual se edificaron las casas. La iglesia de Pacapaccha se erige celeste después de su última reconstrucción, también en los años noventa. Excepto por su torre que ya nadie recuerda desde cuando está. El material del que está hecha es calicanto: una mezcla de piedra, cal y huevo.

“Eso lo hicieron los abuelos”, recuerda don Chiste, dueño de una de las tres pequeñas tiendas que existen en el pueblo. Una sonrisa que hace honor a su apodo se esconde tras la figura encorvada y de dedos torcidos de este hombre. Muchos cuentan que fue víctima de una ‘maldad’-magia que se hace en venganza-, por romper el corazón de una mujer.

Se desconoce el tiempo de existencia de este pueblo, pero su reconocimiento oficial de anexo de Jauja fue durante el siglo XX. Durante la guerra con Chile, cuentan, el ejército chileno pasó por ahí e hizo un cuartel a unos kilómetros al norte, por una zona llamada Urcuncancha. “Mi abuela me contó que los vio pasar, tenían uniformes blancos”, cuenta Guillermo, que escuchó eso cuando tenía doce años, hoy tiene 78.

La maqtada: memoria del Mantaro

Entre los cerros que rodean el Valle del Mantaro, la Semana Santa llena de alegría, devoción y patriotismo a los pobladores.

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