Testimonio del Dr. Ricardo Arbulú Vargas / Orlando Corzo

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El Dr. Ricardo Arbulú Vargas es representante de la primera promoción que curso estudios en la escuela nacional de bibliotecarios el año 1944

Orlando Corzo C.
Licenciado en Bibliotecología. Investigador del Círculo de Investigación y Orientación en Ciencias de la Información (CIRIO)
ocorzo@terra.com.pe

Resumen: Rememora los primeros días de la Escuela Nacional de Bibliotecarios de Lima, los  profesores de la primera promoción, la labor de rescate de la Biblioteca Nacional del Perú, personajes y hechos relacionados a la historia de la bibliotecología peruana.

NOTA DEL AUTOR
Revisitada la entrevista a Ricardo Arbulú Vargas (1907-1995), después de 14 años, la encuentro igual de fresca y trascendente como cuando conversamos en la Biblioteca Benvenuto de la Universidad del Pacífico aquel miércoles 2 de junio de 1993.
Es fresca por que Ricardo Arbulú contaba entonces con 85 años y las ganas y el desprejuicio de hablar. Y es trascendente por que señala detalles de la historia de la bibliotecología peruana que deben ser conocidos por generaciones posteriores.
El resultado de la conversa es testimonio y derrotero, rescate de figuras y emisión de opiniones sobre tópicos que pueden ser revisados, un documento valioso sin lugar a dudas.
Quedaron en el tintero muchas anécdotas, como aquella que Ricardo Arbulú nos contara en otra ocasión, recordando el final del curso del 44, entonces la secretaria de la Escuela decidiría quienes seguirían en la Biblioteca Nacional. La frase: “Ud. Arbulú, regresa a su manicomio”, era recordada con una sonrisa y como confirmación del naciente matriarcado en la Biblioteca.
Saludo a Alexandri@ por la reedición de la entrevista a Ricardo Arbulú Vargas, recogida y publicada inicialmente como testimonio de un miembro de la primera promoción que inició estudios en la Escuela Nacional de Bibliotecarios, en el libro conmemorativo “50 años de enseñanza bibliotecológica en el Perú 1943-1993”.
El llevar a formato electrónico una parte de la historia incrementa su visibilidad y accesibilidad, la libera de fronteras físicas y generacionales y espera contribuir a crear identidad y conciencia nacional.

Orlando Corzo C.

 

TESTIMONIO DEL DR. RICARDO ARBULÚ VARGAS, REPRESENTANTE DE LA PRIMERA PROMOCIÓN QUE CURSO ESTUDIOS EN LA ESCUELA NACIONAL DE BIBLIOTECARIOS EL AÑO 1944

 Entrevista realizada por Orlando Corzo C. el día Miércoles 2 de junio de 1993, en los ambientes de la Biblioteca Benvenutto de la Universidad del Pacífico.

Dr. Arbulú: el 23 de junio se cumplen 50 años de la creación de la Escuela Nacional de Bibliotecarios; el desarrollo de los estudios de esa primera promoción, de enero a julio de 1944, es considerada como la primera experiencia de formación bibliotecaria en el Perú, pero existe una experiencia anterior, de un grupo, al cual Ud. perteneció, y que tuvo la tarea de catalogar la colección de la Biblioteca Nacional en el año de 1942, para lo que recibió preparación por parte de una bibliotecaria norteamericana. ¿Cómo se desarrolló esa experiencia?

Ocurrió cuando el Dr. Beltroy, catedrático de Literatura de la Universidad de San Marcos y director del Instituto de Arte de esa universidad, fue nombrado director de Cultura del Ministerio de Educación por el gobierno del Sr. Manuel Prado; una de sus primeras ideas, dentro de las muchas iniciativas que tenía fue la de catalogar la colección de la Biblioteca Nacional, para lo que reunió a un grupo de discípulos suyos en San Marcos y les dijo que se proponía prepararlos en la tarea de catalogación y clasificación para iniciar la tarea de catalogar la Biblioteca Nacional. Nos comprometió a Alberto Tauro, Ella Dumbar Temple, Amalia Cavero, Olivia Ojeda, a Radicatti y a mí. Por supuesto que nosotros recibimos de muy buen grado esa misión que nos ofrecía el Dr. Beltroy.

Después de un tiempo nos volvió a reunir y nos dijo:
"He hablado con el ministro de Educación para ver cómo financiamos esta tarea y me ha contestado que el Ministerio no tiene dinero y que no existe la posibilidad de ayudarnos. He mandado hacer esta alcancía -y  nos mostró una pequeña alcancía de madera con un letrero en letras rojas que decía: "LIMOSNA PARA LA BIBLIOTECA NACIONAL"- diciéndonos: voy a pedir limosna para la Biblioteca Nacional, yo personalmente visitaré a todos los ricos de Lima, voy a ir de gerente en gerente de bancos para ver cuánto puedo reunir y cuando tenga algún dinero los voy a volver a convocar"

Después de un tiempo nos cito nuevamente y nos dijo:
"He recorrido los bancos de Lima, me han dado algún dinero, pero muy poco, sin embargo, al visitar a mi maestro y amigo José de la Riva Agüero y Osma, recién llegado de Europa, en su casa de la calle del Artiga 459 , al oír mi pedido y ver mi alcancía me dijo: ¡Qué vergüenza que un funcionario del Ministerio de Educación esté pidiendo limosnas!; pronunció luego diversas frases en contra del gobierno y lamentando que sea tan vergonzosa la situación económica del Ministerio de Educación, pero terminó reflexionando. Cuando ya estaba en plan de despedirme, Riva Agüero me llamó nuevamente y me dijo: "al Ministerio de Educación yo no le voy a dar ni un centavo, pero a mi amigo Beltroy quiero ayudarlo, siéntese Ud."; buscó su chequera y le extendió un cheque por 10,000 soles. Lo recibí con mucha emoción y le di un fuerte abrazo a lo que el concluyo: "tenga Ud. éxito y olvídese de mí". Entonces he ido, continua Beltroy a buscar quién podía enseñar catalogación en Lima, y he encontrado una bibliotecaria que trabaja en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano, joven ella, que sabe catalogar por que ha sido destacada por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos a ese Instituto. He hablado con ella y está dispuesta a darles algunas lecciones, los martes, jueves y sábados de 6 a 9 de la tarde, cuando Uds. están desocupados, y ella me va a cobrar 80 soles mensuales. Con lo de Riva Agüero, y lo poco que he reunido, creo que vamos a tener para la financiación"

Fuimos en efecto al Instituto Cultural Peruano Norteamericano, que en 1942 estaba ubicado en lo que es ahora el Jr. Miroquesada a la vuelta de la iglesia de La Merced. La señorita nos dio algunas lecciones de cómo se hacía una ficha, en fin algunas nociones muy elementales, claro que las aprendimos, después nos mostró el Sistema Decimal de Dewey y el sistema del Congreso de los Estados Unidos. Ella se esforzó por explicarnos, en un mal castellano, y yo, la verdad, no entendía una sola sílaba de lo que decía. Para mí fue un enigma, un jeroglífico, el esquema de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y el Sistema Decimal de Dewey. Entonces del sistema de Dewey no sabía más que era decimal y que de diez en diez dividía en temas el conocimiento humano. Pero, en fin, aprendimos a hacer la ficha y Ella Temple y Amalia Cavero sí captaron muchísimo. Al mes de aprendizaje el Dr. Beltroy nos citó en la Biblioteca Nacional, la mañana de un lunes de Octubre de 1942. Concurrimos puntualmente; entró el Dr. Beltroy con nosotros hasta la Biblioteca Nacional, ordeno a los empleados, un Sr. Alejandro Lostanau y un Sr. Ciccino para que nos dieran tres máquinas de escribir y que nos trajeran libros para empezar a catalogar. Y nos quedamos a estrenar nuestra "sabiduría catalográfica", que entonces era nada eficiente; en la infancia de la catalogación. Hasta ahora conservo algunas fichas que hicimos aquella vez.

De pronto, a los dos días que empezamos la labor, apareció en la oficina en la que estábamos trabajando un señor anciano, alto, tonante, con ceño de pocos amigos, se dirigió a todos nosotros y nos dijo: "¡Qué hacen Uds. aquí!". Ella Temple, que era la más valiente de todos, le dijo: "Sr. nosotros hemos sido seleccionados por el Dr. Manuel Beltroy... "¡Qué tiene que hacer ese Sr. Beltroy aquí, yo soy el director de la Biblioteca Nacional, y a mí no se me ha dicho una palabra de esto; así que me hacen el favor de irse y abandonar esto, por que yo mando aquí!". No nos quedo más que levantarnos y salir, humildemente, de la biblioteca. Colaboró mucho don Alejandro Lostanau quitándonos las máquinas inmediatamente. Fuimos a la oficina del Dr. Beltroy en el Ministerio de Educación. Beltroy dijo entonces: "Romero, Romero, Romero, opuesto a toda técnica. Es un gran bibliógrafo pero completamente loco. ¡Voy a hablar con el Presidente!". Por supuesto que hablo con el Presidente y nos dijo: "Deben volver Uds. a la Biblioteca Nacional". Regresamos temiendo encontrar al Sr. Romero, pero este no volvió a aparecer. En los meses siguientes seguimos trabajando, paso diciembre, enero, febrero, marzo, abril, ya de 1943, de pronto, el 10 de mayo de 1943, a las nueve de la mañana, cuando llegamos a la Biblioteca Nacional nos encontramos con el incendio; escombros; bomberos y libros en los fangos, chamuscados. Inmediatamente la voz fue: "¡El viejo Romero ha incendiado la Biblioteca Nacional!". Esta voz se propaló por todo Lima. Ahora se ha demostrado que el incendio fue provocado por un corto circuito, y debo informar que, según Ricardo Respaldiza, empleado del Ministerio de Educación, en la Dirección de Educación, que regentaba entonces un señor Guillermo Rosemberg, que era adversario político de Don Carlos Romero, director de la Biblioteca Nacional, éste no había atendido a una serie de oficios en el que el Director, don Carlos Romero, denunciaba la existencia de un cable que venía de la calle Zavala, junto al mercado central, al patio colonial de la Biblioteca y que estaba desnudo y que podía provocar un cortocircuito. Guillermo Rosemberg, según testimonio de José Ricardo Respaldiza, que ya murió, pero que me merece todo crédito, por haber sido un hombre incapaz de mentir, el vio como Guillermo Rosemberg recibía los oficios de don Carlos Romero y los echaba al canasto de los papeles. De modo que el incendio fue generado por un cortocircuito provocado por ese cable.
Esa fue la primera experiencia, anterior a la dirección de Basadre.

 

Dr. Arbulú; la primera plana docente de la Escuela estuvo conformada por profesores extranjeros contratados por intermedio del Comité Norteamericano Pro Biblioteca Nacional de Lima. ¿Quiénes fueron estos profesores?, y de acuerdo a su apreciación personal, ¿Qué características poseía cada uno de ellos?

Estos profesores están mencionados en el número dos de la revista Fénix, página 331. Yo no voy a mencionar a todos. Voy a mencionar de estos profesores de la primera promoción, que me parece fueron los elementos eminentes y positivos que hicieron la Escuela de Bibliotecarios. No tengo nada contra los demás, pero me parecieron no solo mediocres sino muy menos que mediocres los profesores estadounidenses; el profesor Kilgour, la señorita Margareth Bates, la señorita Sherer que no nos enseñaron nada por que no sabían bien el castellano, repartían hojitas que leían en clase. Nosotros dormíamos escuchando sus lecturas, por que las daban en las mañanas; 7 de la mañana y estábamos con sueño.
Si recuerdo con admiración y gratitud a tres profesores; el cubano Dr. Jorge Aguayo, quien, con toda didáctica, como buen catedrático de la Universidad de La Habana, Director de la Biblioteca de la Universidad de la Habana, nos enseño, con eficaz didáctica a descifrar el sistema decimal de Dewey, en su edición 14. Aguayo nos enseño a clasificar verdaderamente los libros con el sistema que se eligió para clasificar la colección de la Biblioteca Nacional.

"La Historia del Libro", en el aspecto erudito de la enseñanza de entonces, tuvimos la suerte de recibir lecciones del eminente humanista, catedrático de la Universidad de Turín; Alberto Pincherle, una magnífica historia del libro, cuyas copias conservo con mucha veneración. Alberto Pincherle había sido catedrático de la Universidad de Turín, editor de la Enciclopedia Italiana, en la época de Mussolini y había estado ejerciendo la docencia en Estados Unidos.
Basadre me contó que cuando gestionó profesorado para la Escuela de Bibliotecarios del Perú; Pincherle se le acercó y le dijo: "Oiga Ud., sé que está gestionando profesores para la Biblioteca Nacional del Perú ¡Yo quiero ir al Perú! ¡Contráteme, Contráteme!, y también hay una amiga mía, italiana, que quiere ir y que es bibliotecaria de la Biblioteca Apostólica Vaticana y que ahora esta en Estados Unidos como funcionaria contratada". Josephine Fabilli, una señora alta, muy guapa, que estaba allí; "¡Yo quiero ir al Perú, contráteme Ud.! ¡Yo sé catalogación, yo estoy enseñando catalogación!. Basadre los contrato inmediatamente y vinieron con él Jorge Aguayo, Josephine Fabilli, Alberto Pincherle, junto a los estadounidenses.

Alberto Pincherle nos dejo una huella de maestro ejemplar; supimos cuando fue publicado el primer libro, los primeros elementos de la escritura humana; con una erudición, con una elocuencia y un carisma extraordinarios. Josephine Fabilli, carismática también, una italiana muy sabia, muy serena, muy fina, nos enseño la catalogación, todos esos detalles que están en las fichas de la Biblioteca del Congreso que ellas nos enseño a descifrar y realizar en las máquinas de escribir. El asiento de autor, el asiento de título, el asiento de la edición, el asiento de la data editorial, con sus tres partes, lugar de publicación, el editor financiero y año de publicación; la colación con el número de páginas, las ilustraciones, el formato. Decía: "No se dice tamaño, se dice formato, en centímetros, en milímetros para los libros muy valiosos, en milímetros se mide la caja de imprenta". Nos describía las partes de un libro de una manera muy hermosa. Tomó un libro y nos describió los cuatro lados del libro: "el superior es el corte superior, el inferior es el corte inferior, el lado izquierdo es el lomo, el lado derecho es el corte derecho y hay que medir el formato por la perpendicular a los lados menores del texto". Fueron lecciones muy bonitas, muy agradables.
Eso es lo que recuerdo de los primeros profesores de la Escuela, y sostengo que estos tres: Jorge Aguayo, Alberto Pincherle y Josephine Fabilli hicieron la Escuela de Bibliotecarios. Nos enseñaron verdaderamente lo que es la técnica bibliotecaria.

Dr. Arbulú, considerando que los primeros meses de funcionamiento de la Escuela eran de reconstrucción de la Biblioteca Nacional, debe de haber sido de gran dificultad estudiar en esas condiciones. ¿Cómo eran los estudios en los primeros meses de la Escuela?

El incendio destruyo el edificio de la Biblioteca Nacional, estaba en escombros; y Basadre, nombrado director reorganizador puso como condiciones: local nuevo, colección nueva y personal nuevo. El gobierno le autorizó la creación de la Escuela de Bibliotecarios y le autorizó también, con presupuesto que se financió con la ayuda extranjera, la demolición del edificio de la Biblioteca Nacional para edificar otro. Nombró al ingeniero Arterré y a un ingeniero Valverde para que viajaran a Estados Unidos y estudiaran un local bibliotecario moderno capaz de reemplazar al edificio viejo de la Biblioteca Nacional. Ahora, yo sé que el Sr. Emilio Arterré, que era erudito, más historiador, investigador de la historia del arte peruano que ingeniero, y el señor Valverde llegaron a los Estados Unidos y se emocionaron con la biblioteca Pública de Nueva York y copiaron ese plano sin saber ni entender que el edificio de la Biblioteca Pública de Nueva York es uno de los más anticuados de los Estados Unidos. Allí empezó la tragedia del local. No me explico hasta ahora por que el Dr. Basadre no se opuso a la edificación de ese plano. El resultado, las salas de lectura junto a la calle, nada menos que la Av. Abancay y los depósitos en el centro del edificio, para que los libros tuvieran el silencio que necesitaban los lectores.

Mientras se demolía el local y gestionaban los ingenieros todo lo que concierne al nuevo edificio, Basadre gestionó, con el Ministerio de Educación, un local que se nos destino en la Escuela de Bellas Artes, en el Jr. Ancash, lo que había sido el convento de Santa Clara. Allí nos dieron un aula que correspondía precisamente a lo que había sido una de las naves de la iglesia del convento; y en la baja hornacina pusieron el escritorio de la jefe de Catalogación, que fue entonces nombrada Carmen Rosa Tola; y allí, en ese local de Bellas Artes, estudiamos. Se nos puso un horario leonino; de siete de la mañana a nueve de la noche, sin considerar refrigerio en ningún momento del día. Pero Aguayo, Fabilli, Pincherle y Basadre, por supuesto, tenían carisma, nos animaron y nos infusionaron una mística, lo que Basadre llamaba "la mística bibliotecaria". "Sin mística no podemos hacer nada". Y estudiamos con todo entusiasmo, captamos todo lo que pudimos de las lecciones de Aguayo, Pincherle y Fabilli.

Una nota desagradable, y esto hay que recordarlo también, que de pronto, al iniciarse las clases del día; aparece una señorita, ya entrada en años, con ceño un poco agresivo; y dijo, dándonos una serie de pautas reglamentarias: "Uds. van  venir a las nueve de la mañana, etc., y esto lo van a hacer bajo la supervisión de la secretaria. ¡Y la secretaria soy yo!". Carmen Ortiz de Zevallos.

Doña Carmen comenzó a supervigilarnos, reemplazó a Carmen Rosa Andraca que era una bibliotecaria muy agradable, con gran disgusto de todos nosotros, pero comenzamos a soportar a doña Carmen Ortiz de Zevallos, sobre todo los varones, por que doña Carmen se caracterizó por una convicción: "la profesión bibliotecaria es para mujeres, no para hombres", eso lo repetía, de modo que los pobres varones que estábamos allí: Percy Gibson, Jorge Puccinelli, Jorge Martínez Mosselli, Filiberto Tuesta Mori, Yepez Campana del Cuzco y yo, teníamos que soportar los embates de Carmen Ortiz de Zevallos frente al machismo de la bibliotecología.
Allí comenzó, según Julio Julian, el matriarcado de la Biblioteca Nacional.

¿Cómo se cumplía ese horario "leonino" de siete de la mañana a las nueve de la noche? ¿Cómo transcurría un día normal?

Un día normal. Clase de Administración con el profesor Kilgour, un gringuito que tenía no se cuantos títulos de doctor pero que el castellano no lo conocía. Tomaba una hojita, empezaba a leerla, despacio, en inglés, terminaba la lectura. A los cuarenta minutos nos daban la hojita para que la tradujéramos. Enseguida seguía la clase de las diez con Jorge Aguayo; el sí; comenzaba con el sistema decimal, nos explicaba muy bien. Primero nos explico lo que era el sistema decimal, de diez en diez, con un pequeño esquema, como Melvil Dewey había ideado aplicar este sistema a la clasificación de libros; nos habló de las décimas, las centésimas, las milésimas, las diezmilésimas, en fin, nos descifro muy bien el sistema decimal y con gran amenidad y cierta socarronería y camaradería con sus alumnos, de modo que fue un profesor muy agradable, muy simpático. Simpatizamos entonces con el sistema decimal de Dewey. Toda la antipatía que ahora le tengo era entonces una gran simpatía. Luego venía a las doce, Jorge Basadre, Bibliografía Peruana, también magistral, muy bien hecha la clase de Bibliografía por Jorge Basadre, terminaba a la una y nos daban hasta las dos de la tarde para almorzar y descansar. A las dos, nuevamente, Srta Margareth Bates, "Bibliotecas Infantiles", otra niña que leía también el papelito, se jactaba de hablar el castellano pero no lo hablaba muy bien y daba la hojita para que la copiaran. A las tres, Josephine Fabilli, "Catalogación", allí si. Fabilli se sentaba al lado de cada alumno y le enseñaba a hacer la ficha a mano, de alumno en alumno, pero con una diligencia y con una simpatía y con una competencia en la materia que era ejemplar; terminaba con todos y después nos llevaba a una máquina de escribir para que cada alumno copiara lo que ella había escrito a mano, y ella, corrigiendo, corriendo. "La ficha comienza con la división tri espacial, margen superior, margen izquierdo y margen inferior; el margen derecho no debe pasar de los dos espacios mecanográficos, el margen izquierdo debe tener siete espacios mecanográficos en blanco; el margen superior debe tener cuatro espacios mecanográficos en blanco, el margen inferior debe tener tres espacios mecanográficos en blanco, !No se olviden de esto, esta es su regla principal!. Lo primero que hay que escribir en la ficha es el símbolo del libro, que tiene dos partes, el número de clasificación y la notación interna; debe estar a medio espacio del margen superior y a medio espacio del margen izquierdo, no más, por que el dedo del lector siempre va borrando el símbolo del libro. A los cuatro espacios y en el cruce del cuarto superior y el séptimo izquierdo, comienza el asiento de autor, por el apellido, el apellido !y los extremos cronológicos!, no se olviden; ¿Qué son los extremos cronológicos?. El año de nacimiento y el año de fallecimiento. Estos son elementos fundamentales del asiento de autor. Todo asiento de autor debe escribirse en su lengua, no en la lengua de la biblioteca sino en la lengua del autor".
Y nos hacia la descripción total de la ficha pero con una amenidad y una sabiduría didáctica que verdaderamente aprendimos, por lo menos yo capte perfectamente todo eso, y gozaba haciendo una ficha.

A las cuatro y media venía Alberto Tauro que nos enseñaba la Historia del Libro Americano, hasta las cinco y media, a esta hora nos daban un momento para descansar o tomar un café y a las seis venía la señorita Sherer, con su curso de Administración de Bibliotecas Públicas; también el papelito y terminábamos a eso de las ocho y media dormidos, por que la señorita Sherer nos hacia dormir. Allí terminaba el día. Son recuerdos de aquellos días, pero todo era camaradería, Basadre a veces llegaba  a las nueve y media de la noche; nos decía: "deben estar Uds. cansados", !les invito una sopita!, y la sopita era en el hotel Mauri, que era todo un banquete, una sopa estupenda, un churrasco con papas fritas. "¿Qué vino desean?" !les voy a pedir vino del Rin!. Y todo eso de su propio peculio. Luego le ordenaba a su chofer que nos dejara a cada uno de nosotros en nuestras casas; con esto se conquistó Basadre totalmente, sobre todo a las muchachas, lo adoraban, y yo también. Para nosotros Basadre era una especie de ídolo, por que era un hombre que trabajaba con nosotros mucho más, nos vigilaba, supervigilaba y asistía a nuestra congora con alimentación. De pronto se aparecía a la una del día, en verano, febrero, marzo del año 44 con unos potes de helado, "haber, helados para todos", después se aparecía con paquetes de pasteles o bizcochos o de confites o de almendras, en fin, siempre traía algo para convidar a todos, y él, personalmente, convidaba.

Un día me llama Basadre y me dice: "venga Ud.", y me  llevo a un recinto del local de Bellas Artes donde había una cantidad de folletos enterrados, sucios, algunos incendiados, y me dijo: "esto se ha salvado de la colección papeles varios de la Biblioteca Nacional !aquí hay tesoros!, quiero que los clasifique por autores y por temas, aquí tiene Ud., he mandado hacer 200 cajas". Empecé mi labor con mucho cariño, no me fije ni en polvo ni en la tierra, me puse un mandil, con un trapo y con un poco de kerosene y a limpiar folleto por folleto. Recuerdo mucho los folletos de Federico de Villarreal, los de Ricardo Palma, González Prada, de José María Eguren, folletos de José Santos Chocano. Comencé a clasificarlos y a la vez los leía, pero termine. Basadre quedo muy satisfecho y me dijo: "ha hecho Ud una gran labor, va ha haber una charla por Radio Nacional y Ud. va a informar sobre lo que ha hecho". Así que prepare una charlita que ha sido publicado en el Boletín de la Biblioteca Nacional el año 1946, creo, sobre los folletos, donde sostuve lo que había aprendido: que  los folletos peruanos son más importantes que los libros peruanos; por que en folletos escribió primero Palma, vendiendo por entregas sus tradiciones, en folletos escribió González Prada, José Santos Chocano vendía también sus poemas por entregas. Muchos otros autores peruanos han escrito en folletos discursos, ponencias, memorias, tesis. Federico Villarreal tenía folletos sobre matemáticas muy interesantes. Desgraciadamente los folletos no tuvieron mucha suerte. Basadre, con la mejor intención del mundo, mando encuadernar los más importantes, y a esa colección la llamó "colección Fénix". Seleccionó lo que yo había reunido en cajas y se las entregó al encuadernador para que  los empastara en tomos, cada caja. Por ejemplo, los de José Santos Chocano fueron reunidos. Recuerdo que el "Cantos al Pacífico" fue un folleto en papel de color, chiquito. Ese tomo, los empleados de la Biblioteca Nacional lo prestaron y cuando le devolvieron ya no estaba el "canto al Pacífico", así que  la colección Fénix fue un sistema ideal para facilitar el robo de los lectores, sobre todo escolares.

Dr. Arbulú; a 50 años de estudios y enseñanzas de Bibliotecología ¿Qué personajes de esta historia rescataría Ud. para el recuerdo de las generaciones más recientes?

Aparte de Pincherle y Josephine Fabilli, me parece que los profesores que más recuerdo son: Jorge Basadre, por supuesto, Estuardo Núñez, quien ha sido un profesor ideal, que después fue director, desgraciadamente renunciado por Martha Hildebrandt, pero que recuerdo no sólo por la amistad que tengo con él, sino por su docencia muy didáctica y muy buena, sobre Literatura Peruana. Otro profesor que me merece mucha simpatía y consideración fue don Alejandro Lostanau, que postuló ingresar a la Escuela de Bibliotecarios, por que era antiguo funcionario de la Biblioteca Nacional pero no se le admitió el ingreso; pasado el tiempo, fuera de la dirección de Basadre y después de la renuncia de Alberto Tauro al curso de Bibliografía Peruana, Cristóbal de Lozada y Puga, director entonces de la Biblioteca Nacional nombró a Alejandro Lostanau profesor de Bibliografía de la Escuela Nacional de Bibliotecarios; es decir, quien había sido negado para ingresar en la Escuela de Bibliotecarios fue después seleccionado para enseñar en ella, por supuesto con gran competencia. Lostanau fue calificado por Carmen Ortiz de Zevallos como "el Romero de la Biblioteca", en sentido peyorativo, pero sin saber, doña Carmen, que don Carlos Romero fue un eminente bibliógrafo, uno de los más eminentes bibliógrafos peruanos, después de Vargas Ugarte, así que fue un elogio ¿no?.

Dr Arbulú; ¿Cómo es que llega Ud a la docencia en la Escuela Nacional de Bibliotecarios?

A la docencia llegué durante la dirección de Cristóbal de Lozada y Puga, quien examinó mi curriculum, sabía que era alumno de la Universidad Católica, había leído mi tesis, yo ya tenía doctorado en historia. Un día me llamó y me dijo: "Ud. no es profesor de la Escuela !Cómo es posible, yo lo voy a nombrar!. Qué curso desea Ud?", yo le dije: "Doctor, yo me he especializado en clasificación. Me dijo: "vamos a esperar un tiempo, secreto absoluto". Después de un incidente entre Lozada y Luis Málaga, quien era  entonces jefe del Departamento de Consulta, que provocó la salida de Luis Málaga de la Biblioteca Nacional; Lozada me llamó y me comunicó que yo iba a ser jefe del Departamento de Consulta; "pero doctor -le dije- yo soy devoto de la clasificación, estoy trabajando en clasificación, así que en consulta no voy a funcionar bien". Me preguntó "¿Quién es jefe del Departamento de Clasificación?". Olivia Ojeda. "Ah bueno, yo voy a nombrar a Olivia Ojeda jefe del Departamento de Consulta y Ud. va a ser jefe del Departamento de Clasificación". Lo cual cayó como una bomba. Al poco tiempo me mandó llamar Lozada y me dijo: "Lo he nombrado profesor del curso de Clasificación; Olivia Ojeda va a ser de Catalogación y Ud. de Clasificación". También me nombró Lozada en el curso de Técnica Bibliográfica, por que me dijo: "he creado el curso de Técnica Bibliográfica por que no sabían hacer bibliografías los alumnos; Basadre ha enseñado muy bien bibliografía pero no les ha enseñado a hacer las bibliografías. Yo le dije: "pero doctor, sería mejor normativa bibliográfica..." "No, no, Técnica Bibliográfica", curso que también esta publicado en la revista Fénix. Este curso tuvo cierto eco en España, donde lo reprodujeron en parte, sobre todo lo relativo a la traducción y  el seudónimo, y Lozada se jactaba diciendo que había tenido una repercusión mundial. Eso lo dice en una de sus memorias.

Dr. Arbulú; háblenos de los aportes de la Escuela a la labor bibliotecaria. Por ejemplo, el desarrollo de los esquemas de clasificación y la idea de asignar números exclusivos a autores representativos de la cultura peruana y mundial.

Desde el primer momento, yo, que era discípulo de José de la Riva Agüero en la Universidad Católica y muy amigo de Pedro Benvenutto, comentando sobre la Biblioteca Nacional, Riva Agüero me dijo: "Oiga Ud, ¿Por qué imitan todo lo de los yanquis? !hagan Uds su propio sistema!!Peruanicen ese sistema de Dewey!, !Peruanicen toda la técnica bibliotecaria!, !Háganla Peruana!". Seguí ese consejo, y apenas me nombraron jefe del Departamento de Clasificación comencé a aplicarlo; reuní al personal y dije: "bueno, aquí vamos a peruanizar el sistema decimal de Dewey, vamos a hacer nuestras propias tablas; y esa tabla se va a llamar Tabla Perú, tomaremos de la tabla de clasificación de Dewey lo que corresponda a nuestra realidad; y vamos a comenzar por la historia del Perú". Luego hicimos la de Literatura Peruana, la nueva tabla de Literatura Hispanoamericana, la tabla de Literatura Europea, contamos con colaboradores estupendos, muchachos que ingresaron a la Escuela de Bibliotecarios en las promociones siguientes. recuerdo especialmente a Luciano Herrera Vargas, quien hizo la tabla de Literatura Francesa y de Literatura Inglesa, creó el sistema de los números exclusivos para los grandes autores de cada época, sistema que vino a copiar un bibliotecario de Estados Unidos, con elogios. Recuerdo a Felipe Buendía, hoy articulista en periódicos, que hizo la tabla de Literatura Rusa; y entre las damas recuerdo a Perla Duarte, que hizo las tablas de Literatura Sueca, Noruega, Danesa, toda la literatura nórdica. Isabel Pastor, que hizo la tabla de literatura italiana, siendo todas las tablas de literatura reformadas peruanas con el aporte de todos estos bibliotecarios.

La tabla de Derecho fue hecha en la época de Basadre, quien se encontró que el Derecho no tenía número en el sistema decimal de Dewey. Tenía un 340 que era para jurisprudencia de los Estados Unidos. Nos explico que el derecho anglosajón es muy distinto al derecho romano y el derecho hispánico que nosotros tenemos. Entonces hicimos la tabla de Derecho, que después se ha publicado en una edición en castellano de Dewey.

Dr. Arbulú, en mis tiempos de estudiante se comentaba que Ud. estudiaba en la biblioteca y regresaba a dormir en el manicomio, de donde le daban permiso.

Asi es, yo llegue al manicomio de la siguiente manera: era estudiante del primer año de letras en la Universidad Católica, murió mi padre, quede sin ayuda económica, entonces, para ganarme la vida y el sustento diario, comencé a tomar nota, con mi propia taquigrafía, de las lecciones de los profesores. Copiaba las lecciones de mis mejores maestros; de Carlos Rodríguez Pastor, de José de la Riva Agüero y Osma y de Rubén Vargas Ugarte, que era mi maestro preferido. Les tomaba taquigráficamente nota; y en la noche, en mi maquinita de escribir hacia diez copias. Trabajaba hasta las tres de la madrugada, más o menos, y las copias las comenzaba a ofrecer en venta, a real cada hoja. Me llovían los pedidos. Todos me compraban, así que tenía un sol diario, que  me permitía almorzar y comer.

Uno de los compañeros de primer año de letras, que más simpatizo conmigo y que me compraba con mayor solicitud las copias, fue Pedro Benvenutto Murrieta; elogiaba las copias; me visitó una noche y me encontró trabajando; me dijo: "oye, esta  maquinita es muy chica, yo tengo una máquina más grande en mi casa, ven a mi casa, yo te voy a dar la máquina y te voy a ayudar a hacer otras diez copias". Me llevo a su casa, me presento a su padre y madre, por que él vivía sólo con sus padres por ser hijo único; me brindó su máquina, me ayudaba a hacer las copias y me ayudaba a venderlas a la mañana siguiente. Cuándo yo le quería devolver el dinero de las copias que él había mecanografiado, me decía: "No, yo no necesito, tú necesitas". Esta situación paso casi todo el año 31 que estábamos en la Católica. Entonces me dijo: "te voy a conseguir un trabajo donde vas a poder asistir a tus clases, vas a tener casa y vas a tener comida" - yo le dije- "Y dónde es ese paraíso?" - "En el manicomio"- Oye le dije, al manicomio yo no voy por que es muy peligroso. "No", me dijo, "yo te voy a llevar, soy muy amigo, compañero de colegio de Baltazarito Caravedo, hijo del Dr. Caravedo, director del manicomio. Ya le he hablado y me ha dicho que te presentes". Había sido muy amigo de la familia Caravedo, me llevó un domingo de visita a la casa; entonces el director del manicomio estaba obligado a residir en el manicomio, me recomendó y  el Dr. Caravedo me citó para el lunes a las nueve de la mañana. Benvenutto me aconsejo que llevara  mis premios, porque en el primer año de letras nos sacamos, Benvenutto y yo todos los premios, de todas las materias, así que cobramos un prestigio tremebundo. Así que me dijo: "pon en un folder todos tus premios y con eso anda donde Caravedo porque seguramente te va a pedir qué recomendaciones tienes". Dicho y hecho, fui a las nueve de la mañana a la cita con Caravedo, quien me hizo la pregunta, le presente los premios y me dijo: "!Caracoles, Ud. se ha sacado todos los premios, va Ud. a ser mi secretario y bibliotecario!", por que la biblioteca la tenía junto a la dirección.

Entonces el manicomio era un lugar muy bonito, con jardines y un edificio recién edificado con el dinero donado por el filántropo Víctor Larco Herrera, de allí su denominación. Encontré que el manicomio era un paraíso, una maravilla; los locos casi no se veían. Me dieron casa en el Departamento de los médicos y me dieron comida en el comedor de los médicos; maravilloso pues, no podía estar mejor, y un buen sueldo: 35 soles. Como secretario del director y bibliotecario estuve 14  años. Allí me estrene como bibliotecario. Estando precisamente desempeñando el cargo de bibliotecario, se abrió la Escuela de Bibliotecarios, Ella Temple me llamó y me dijo: "Se ha abierto la Escuela de Bibliotecarios, Ud. debe ir, Basadre me ha dicho que lo lleve". Y fui con un oficio del director, en el que se decía que me recomendaba para ingresar a la Escuela de Bibliotecarios porque desempeñaba el cargo de bibliotecario en el manicomio.

Ahora, para mí el manicomio fue un episodio maravilloso por que frecuente la amistad de Martín Adán, que allí tenía dos relaciones conmigo; primero, compañero de estudios en la Facultad de Derecho de San Marcos, y segundo, compañero del manicomio, porque lo pusieron a dormir junto a mí, en el mismo cuarto. Conviví con él un tiempo sin saber que era Martín Adán. Sabía sólo que era un joven de lo más amable, de los más fino, de los más correcto y de los más bien hablado, por que manejaba el castellano perfecto; después Honorio Delgado me llamó y me dijo: "Ud. está viviendo con Martín Adán el gran poeta -recién me entere- y lo va Ud. a acompañar a San Marcos, por que  le gusta tomar sus copitas y Ud. va a procurar que no las tome". Comenzó la amistad con Martín Adán y de él tengo un archivo. Tuve el acierto de guardar todos los documentos que él me escribía. Me mandaba notitas, misivas, se convirtió en un hermano mío, hasta el extremo que me dijo: "el único hermano de padre y madre que yo he encontrado en el mundo es Ricardo Arbulú", eso lo decía con todas sus letras.

Conservo un archivo que lo he donado a la Biblioteca Benvenutto de la Universidad del Pacífico y creo que es el archivo más importante de los 14 años de vida manicomial con Martín Adán; la otra parte está en la Universidad Católica, obsequiada por Juan Mejía Baca, pero es la parte que frecuento Mejía Baca como editor. Pero la vida íntima y el sufrir tremebundo de Martín Adán como paciente de Honorio Delgado en el manicomio, ese testimonio está en mi archivo que he obsequiado aquí a la Universidad del Pacífico.

Martín Adán fue llevado al manicomio en un acto heroico por Honorio Delgado. El me contaba que Martín Adán, estudiante de San Marcos, hijo único, había sido excluido su padre de su hogar, había muerto su abuelo, que era como su padre, y tenía una madre y una tía. Estaba destinado a ser el sostén de la familia, pero ingreso a San Marcos, después de haber sido alumno ejemplar en el Colegio Alemán, sufriendo un shock moral al ingresar a la universidad, por que encontró que la Universidad de San Marcos era inferior al Colegio Alemán. Era inferior moralmente sobre todo; la grosería de los muchachos, la suciedad de las aulas. Todo eso le causo un impacto emocional de rechazo total a la universidad, y no quiso volver, siendo la causa de que empezara a tomar, a un alcoholismo recalcitrante, como él decía: "yo soy el borracho prócer de Lima". Entonces, el albacea, que era el Dr. Solfimuro, albacea nombrado por su abuelo Rafael Benavidez, llamó a Honorio Delgado, el psiquiatra mayor que había en Lima, para que curara del alcoholismo a Rafael de la Fuente. Honorio Delgado le aplicó tratamiento domiciliario. Fracasó. Entonces, hablando con el albacea le dijo: "la única forma de evitar que siga tomando es internarlo en el manicomio, yo soy allí jefe del pabellón dos de pagantes, va a tener una atención de primera". Autorizado eso, en el automóvil del Ministro de Relaciones Exteriores, que entonces era Solfimuro, fue conducido Martín Adán al manicomio, le dijeron que iba de paseo y él después se vio en el manicomio; pero no protestó, muy dócil se interno y empezó a recibir tratamiento de Honorio Delgado, tratamiento que fracaso también en el manicomio por que siguió tomando, allí es donde empezó nuestra amistad, pero ese ya es otro cantar, ¿no?.

 

 

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